La libertad de una huelga general

“¿Quién podrá dudar ya que los chacales que nos gobiernan están ávidos de sangre trabajadora? Pero los trabajadores no son un rebaño de carneros. Es preferible la muerte que la miseria. (...) ¡Secad las lágrimas, los que sufrís! ¡Tened coraje, esclavos! ¡Levantáos!”

 Así escribió el periodista Adolph Fischer en 1886 en relación a la huelga del 1 de mayo de ese mismo año, que costó la vida a tantos trabajadores para la conquista de sus propias proclamas como “ocho horas de trabajo, ocho horas de ocio y ocho horas de descanso”.

Ya que en ese momento la única restricción que existía era una multa de 25 dólares al empresario que obligase a trabajar más de 18 horas seguidas (es decir, 17 horas y media seguidas estaba permitido). La propia prensa generalista de la época, calificaba dicha huelga como “indignante e irrespetuosa” y tachaba las aspiraciones de la clase trabajadora como “delirio de lunáticos poco patriotas”.

La descripción de los hechos nos lleva a pensar que poco hemos avanzado. Obviamente, hoy en día podemos encontrarnos con puestos de trabajo dignos gracias a toda esa lucha. Pero sigue existiendo la esclavitud de tener que rebuscar en la basura laboral a ver qué nos encontramos para salir adelante día a día.

Es un verdadero problema, ya que siempre habrá quien esté en peor situación. Y, por lo tanto, acepte esas condiciones indignas para poder alimentar a su familia. De tal manera que nunca se acabará ni se podrá hacer frente a la precariedad laboral mientras exista la necesidad social de aspirar a esa misma precariedad. El hecho de que realmente suponga una mejora salarial el aceptar lo precario, es lo que nos inunda en la precariedad. Por lo que el problema laboral se debe atajar antes de llegar al puesto de trabajo. Erradicar la necesidad y el hambre, que son los verdaderos problemas que nos llevan a trabajar tantas y tantas horas a cambio de miseria. Hoy en día, los trabajadores son los nuevos pobres. Trabajan y no llegan a final de mes, ergo el problema no sólo es del trabajo en sí, sino de la propia sociedad capitalista que lo permite.

Las medidas sociales que impulsen el trabajo, el reciclaje o la reconversión de los parados hacia otros sectores en auge, fomentar las facilidades para el autoempleo o el control de las empresas para dignificar los puestos de trabajo que ofrecen; son algunas de las verdaderas medidas que nos dignifican como clase trabajadora. Ya que nadie nos ha de regalar nada, nuestra valía es intrínseca a nuestro ser, nada dignifica más que el poder trabajar.

Es por ello que se ha de permeabilizar el trabajo por cuenta propia, lejos del asalariado que vende su tiempo. Puesto que, en un contexto de estabilidad social, el trabajador asalariado vende su tiempo para producir una plusvalía al empresario, a cambio de que el riesgo sea de este último. Sin embargo, en la tesitura social actual en la que es el trabajador el que se somete a los estragos del mercado laboral, está completamente desestabilizado. Ya que el primero en salir por la puerta si el negocio decae, es el propio trabajador (incluso con impagos). Asumiendo por tanto el riesgo el propio asalariado. Que, si tiene éxito el negocio, la plusvalía generada por el trabajador, será para el empresario; y si existe la más mínima pérdida de ingreso, acaba repercutiendo en el trabajador hasta el punto de ser echado.

No es viable una sociedad en la que haya que mendigar el trabajo a las ETTs, a las grandes empresas, incluso que quede justificada la miseria entre los pequeños negocios. Se ha normalizado que haya que pasar por el aro para poder comer.

Nos han vendido un juego en el que te hacen creer que eres propietario para pagar letras al banco y atarte, pero no eres propietario, eres proletario (lo único que no te puede quitar el banco, es tu prole).

Nos han atomizado tanto que sólo somos capaces de hacer una parte de toda la producción, por lo que ahí ya tienen ganada la partida. Puesto que necesitaríamos al resto de partes de la producción para generarla. Y eso sólo puede ser de manera cooperativa o bajo el yugo empresarial. Para obtener esta salvedad, la sociedad tremendamente salvaje nos perturba para enfocarnos de manera individualista, ególatra y egoísta (para ser el más chulo de los esclavos). Señalando a los que se asocian, a los que se sindicalizan y a los que pretenden salir adelante fuera de toda esta barbarie.

Pero es más sencillo fomentar la incapacidad general, salvo para lo que cada uno se prepara de manera específica. Es más fácil ponerle la zanahoria al trabajador con el nuevo producto innecesario que se puede comprar para que pueda mirar por encima del hombro al que no es capaz de conseguir la mitad. Es más asequible incluso agitar las calles para movilizar votos de una clase obrera desideologizada para conseguir los objetivos de un partido político.

Los trabajadores no tenemos partidos, los partidos políticos sólo buscan la validación durante otros cuatro años. Pero prometen lo que el empresario no te da para que canalices tu lucha en meter tus necesidades en una urna. Así te mantienen disperso. Quéjate, pero en las redes sociales, sea Twitter o en el bar de la esquina. Eres libre de votar, eres libre de darles la patita.

La capacidad de cambiar las cosas para la clase trabajadora no reside en meter un papel en la urna, eso sólo supone firmar un cheque en blanco. El verdadero poder de la clase trabajadora reside en parar la producción.

Organízate entre los tuyos, nadie vendrá a sacarte las castañas si no te mueves. Habla con tu vecino y con los compañeros, relaciónate. Los sindicatos subvencionados por la patronal y el estado no sirven sino para venderte. Son los que el 1 de mayo salen banderín en mano para festejar lo que para el resto es una lucha constante por sobrevivir. Luego los liberados acaban la “fiesta del trabajo” justo a la hora en punto para juntarse con el jefe y probar buen marisco mientras hablan de lo que sólo te concierne a ti.

Huye del que prometa dinero gratis, sin ser tú el que lo trabajes; huye más rápido si es el propio estado el que te lo ofrece (si les votas), ya que el dinero gratis devalúa la moneda y, por consiguiente, aumenta el precio de los productos básicos y los servicios (creando así una inflación). La solución pasa por permitir a la clase trabajadora ser dueña de su propia dignidad para poder trabajar sin tener que arrodillarse ante ninguna ETT ni nada semejante.

Los derechos se conquistan, no se suplican. Nadie los cede ni los concede bajo petición, ya que ello implicaría que alguien los tiene, y ese alguien no eres tú

Francisco J. Gordo


AUTOR: Francisco J. Gordo