Demoque?

Este martes harán 40 años del 23-F, un momento histórico para nuestra modélica transición. El Estado sigue velando para que quede en el olvido sin esclarecer nada más allá de cómo los militares esquilmaron la cafetería del congreso sin que a día de hoy nadie haya pagado semejante “sinpa”.

De nuevo, vemos cómo esa modélica transición transcurrió bajo la atenta mirada de los que callaron ante el miedo y los que callaron ante la connivencia de la permanencia. Por eso fue modélica. Porque unos por cómplices y otros por oprimidos, al final nos quedamos como estábamos pero con el régimen “recalificado”.

Como cuando pasa el tiempo en tu chamizo del campo que has ido arreglando hasta que te toca legalizarlo porque huele a construcción ilegal. Según ese ejemplo, tras una multa ya está la vivienda legalizada, pero todos sabemos que nadie habría autorizado tal construcción en condiciones normales.

Pues aquí más de lo mismo. Tras décadas de abuso de poder franquista en una dictadura sistémica entre el genocidio y la normalización del odio al que piensa distinto, poco a poco fueron pintando una fachada de aparente democratización.

De la mano del Opus Dei y de altos mandos del ejército y la guardia civil, fueron incluyendo afines a puestos organizativos, administrativos y pseudojudiciales. La “etapa aperturista” la llaman los libros de texto entre la sorna y el maquillaje.

Pero fue precisamente eso, un maquillaje. De hecho, se votaba en tiempos del dictador. Todo para conseguir la aprobación de una Europa que tenía el recuerdo del decisivo apoyo Hitleriano a la perpetración de tal dictadura. Pretendían ponerse la careta de demócratas también para encontrar el apoyo de los propios españoles.

Pues bien, tras la muerte del genocida e instauración de una verdadera democracia, todo cambió. Las instituciones existentes se disolvieron y sacaron a concurso público todas las plazas necesarias, esta vez, sin sesgo ideológico. Las judicaturas fueron renovadas para que aquellos que firmaban sentencias de muerte por cuestiones ideológicas, no tuviesen cabida en una democracia plena. Y se dió a elegir libremente al pueblo mediante referéndum universal aquellas cuestiones relativas a la estructura del estado para no dejarse ningún fleco que afectase a la sociedad posteriormente. Tal referéndum fue totalmente libre y sin coaccionar, no se utilizó el miedo como vehículo ni se escucharon frases como “vota por el bien de tus hijos”. Fue lo que se dice “una transición ejemplar”.

Es una lástima que el anterior párrafo sea todo irónico, pero también da qué pensar a aquél con criterio propio.

El maquillaje se nos fue de las manos, pintamos sólo la fachada y nunca se llegó a cambiar nada interno. A día de hoy se mantienen los “eminentes” apellidos en judicaturas, empresas y estrados, los cuales perduran generación tras generación gracias a la posición socioeconómica que nunca perdieron.

Aldous Huxley nos narra en “Un mundo feliz” lo siguiente:

“Una dictadura perfecta tendría la apariencia de democracia, pero sería básicamente una prisión sin muros en la que los presos ni siquiera soñarían con escapar. Sería esencialmente un sistema de esclavitud, en el que, gracias al consumo y el entretenimiento, los esclavos amarían su servidumbre”.

El próximo 23-F, se celebrará nacionalmente cómo confabuló Juan Carlos con el resto de sus subordinados para dar un golpe de estado. Él mismo lo desvela tal y como se cita en varios medios de comunicación al alcance de un clic: “El general Juste fue quien impidió que el ejército creyera que yo estaba tras el golpe”-dice el que fuera jefe de estado y alto mando de todos los ejércitos.

Es tan estridente tal celebración como el hecho de que el propio hijo de Juan Carlos, sea el que lo oficie, que además hubiese heredado el título de Jefe de Estado en caso de haberse perpetrado finalmente.

Al final, Tejero sólo fue el cabeza de turco. La cara visible de algo que, tras salir el tiro por la culata, al final le benefició al propio Borbón. Ya que tras su mensaje institucional que sacó por todos los canales, finalizó su teatro para hacernos creer que lo frenó él mismo. Sin que nadie se pregunte desde cuándo una orden interna entre altos mandos se difunde a través de tanta cámara intencionadamente (repetiré la palabra: intencionadamente).

Décadas más tarde, echamos la culpa a los jóvenes porque tienen la sensación y la rabia de seguir atados en lugar de unidos. Las piezas de éste puzzle no encajan por más que le demos golpes. O como diría Ricardo Flores: “No son los rebeldes los que crean los problemas del mundo, son los problemas del mundo los que crean a los rebeldes”.

Si no miramos con pensamiento crítico la historia, al final acabaremos repitiéndola. Si no hacemos por empatizar con el vecino aunque piense distinto, acabaremos odiándole por cómo piensa. Cuando nos veamos de cerca cara a cara con los límites de una sociedad que es irreformable por vocación, deberíamos pensar en dejar de lavarle la cara y redefinirla para que nos aguante alguna generación más antes de nuestra propia autodestrucción por no saber entendernos. Pero mientras pensamos en ello, seguimos con miles de personas que miran a otro lado, unos por miedo y otros por connivencia de la permanencia.

Francisco J. Gordo

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AUTOR: Francisco J. Gordo