Solidaridad o indiferencia

Recientemente hemos vivido la nevada del siglo en gran parte de la península. Al menos para algunos, ya que en otras zonas montañosas nos encontramos cantidades indecentes de nieve todos los años. Sin embargo, es algo que sólo queda bien en foto y una vez que has acabado el muñeco de nieve; ya que más allá de la postal invernal, todo son problemas de incomunicación que perjudican gravemente a los pueblos de España. No sólo se ha visto afectada la capital, aunque sin duda es la que más hemos visto en los medios.

Por eso hoy merecen ser mencionados los establecimientos de barrio que han tenido que cerrar por el temporal cuando pensaban dar el último empujón de estas vacaciones navideñas. En todas partes nos hemos encontrado al pueblo unido ante una administración inoperante ante las inclemencias del tiempo. El pueblo (entendiéndolo como el conjunto de la población, no sólo como pequeña urbe) organizándose entre sí para abrir paso a los servicios municipales de entre la nieve con palas y sal.Servicios como el de los sanitarios, los cuales han tenido que ir a sus centros de trabajo andando horas incluso a través de la densa nieve. Todo por el deber de poder relevar a los compañeros que les esperaban agotados para poder acabar las jornadas interminables que se hacen en sus guardias.A su vez, hemos visto el descaro de algunos centros comerciales que han obligado a sus empleados a quedarse hasta el cierre aún sabiendo que no podrían volver a sus casas, cuyos trabajadores han tenido que dormir sobre cartones dentro de los establecimientos. Siempre hay quién sale retratado en estas ocasiones por su egoísmo y barbarie.

Hemos visto también organizarse a vecinos que disponían de todoterrenos para poder socorrer a las personas atrapadas en la nieve. También los vecinos con tractores han contribuido con gran esfuerzo a despejar las calles. La solidaridad de la gente aparece en el momento menos pensado.

Muchas veces incluso más allá de los pensamientos políticos o ideas que tanto nos separan, resulta que somos capaces de entendernos cuando luchamos por un bien común. Y es que, al fin y al cabo, “las izquierdas y las derechas” no existen, son dos maneras distintas de solucionar los problemas comunes. Pero el posicionarse hacia un tipo de solución no nos hace menos cercanos al problema o a la solución. El poder tratar con personas con diferentes perspectivas de una manera tolerante, nos puede hacer entender este hecho (incluso acercarnos a dicha solución).

El problema viene cuando se utilizan las ideologías como arma arrojadiza como si de un matrimonio tóxico se tratase cuando se dirige individualmente hacia sus hijos, donde la culpa siempre es del otro mientras el que tiene el problema sigue sin tener la resolución esperada.Lo vemos de manera acentuada en localidades donde hay que entenderse entre varias personas para gobernar, pero también me valdría el ejemplo a nivel estatal. Nos perdemos en las formas sin llegar al fondo del asunto. Da la sensación de que la culpa es sólo del que lo hace, pero también es del que lo permite.

Para ver esto gráficamente, es como si hubiese un grupo de personas en una barca (los gobernantes), y el que tiene el mayor rango empieza a realizar un agujero...el resto de navegantes (los representados) se horrorizarían al verle, ya que comprenden que ese acto condicionaría su futuro inmediato. Pero viniese otro gobernante a apaciguarlos diciendo: “tranquilos, el agujero está sólo bajo su asiento” (no viendo éste que toda la barca se hundiría incluido él/ella).

Esto nos ocurre por contra a toda la solidaridad mostrada en este temporal, al ver cómo los gobernantes estatales permiten (casualmente son los únicos que tienen las herramientas para frenarlo) que en estas circunstancias tan calamitosas (por si no fuese terrible la situación pandémica) que nos suban las eléctricas la factura de la luz hasta un 27%.

Esas mismas compañías eléctricas que en su día eran del pueblo y para el pueblo. Las que se vendieron con el consentimiento de Aznar y bajo la enmascarada hipocresía de un Felipe González que ahora también tiene buen sillón en otra de las eléctricas que se aprovechan de esta situación de reclusión forzosa para aumentar sus bolsillos. La mayoría de personas que no pueden soportar esta situación tienen ganas de tirar abajo el tendido eléctrico si pudiesen. ¿Qué pasará el día que sepan que su bien común es el mismo y que realmente pueden hacer todo lo que se propongan? Sólo la magia de la solidaridad sabe lo que nos depara ante las circunstancias que nos sobrevienen como sociedad.

Afortunadamente tenemos el “gobierno más progresista de la historia” para frenar a las eléctricas ante tal abuso capitalista que deja a un lado los valores de velar por las personas cuando se les aporta un servicio básico como es la electricidad en un estado avanzado como presume ser éste (“dime de lo que presumes…”).

Estamos en primera fila de los momentos más importantes de la historia reciente, todo lo demás está por venir. Podemos ser ese vecino que ante un confinamiento ofrece mantas y pan al que no puede salir, o podemos formar parte del cainismo que pretende echar piedras sobre su tejado generando enfrentamientos entre personas por los intereses de uno o dos.Podemos estar al pie del cañón cuando haya que salir a echar sal en los accesos o quedarnos en casa subiendo la calefacción. Podemos hacer tantas cosas, que sólo la conciencia propia nos puede avasallar.

Quizás estaría bien plantearse: “¿qué haría si tuviese que contarle lo que hice a mis nietos?”

No sólo votando se avanza como sociedad (de hecho, nos aliena para estar aborregados mientras nos quejamos del otro sin hacer nada cual partido de fútbol), hay que encontrar la forma de progresar entre todos sin dejarse a nadie atrás. Con acción directa, autogestión y solidaridad.

Levántate del sillón, es hora de arrimar el hombro.

 

Francisco J. Gordo


AUTOR: Francisco J. Gordo