En un país multicolor

El sentido de Estado está difuso actualmente. De hecho, en España llevamos muchas, muchísimas décadas sin encontrarnos.

No me remontaré a tiempos donde pudiese haber vivido un pillo Alatriste con capa y un sombrero que le cubre el rostro y va pidiendo un recorte como el de Esquilache.

Ya lo exponían nuestros grandes pensadores del siglo pasado (actualmente adolecen los nuevos) cuando clamaban ese “me duele España”. Esa Generación del 27 que pretendía un futuro mejor concienciando desde la dialéctica y la educación en valores, que finalmente se vió asolada frente a una nación que jamás tuvo grandes pretensiones más allá de comer tres veces al día y que sus gobernantes les engañasen una vez tras otra mientras se llenaban los bolsillos a manos llenas ante el silencio de los “estómagos agradecidos” (eterna España, a ver cuándo despiertas).

Perdemos nuestra nacionalidad cada vez que logramos que nos confundan con ideales que nos llevan a pensar que lo actual es lo que somos siempre. Que lo concreto es lo general. He ahí cuando perdemos lo más nuestro, nuestro criterio hacia el Estado. He ahí cuando logran tenernos bien cercados para plantearnos que las sombras son nuestra única realidad en esta lúgubre cueva platónica.

Somos un cúmulo de nacionalidades habidas y por haber en un mismo territorio, el cual está nutrido absolutamente de todas ellas. Desde los antiguos griegos que encontraron buenos puestos de comercio en nuestras costas, hasta los visigodos que nos aportaron toda una serie de ritos paganos y naturistas que a día de hoy se conservan. Los romanos, que a pesar de ser una cultura aplastante que no ha dado pie a convivencias entre civilizaciones sino que ha traido su “contrato de filiación” para convertirnos así en otro de sus puestos neurálgicos para el comercio nuevamente; gracias a su localización en el Mediterráneo...las culturas judías, con su capacidad para el comercio; la cultura árabe, con una sensibilidad arquitectónica y cultural que jamás podríamos superar en esa época con ese imperante cristianismo que “evangelizaba” a golpe de espada para acabar con todo lo anterior.

Todo ello es lo que somos ahora. Nuestra mezcolanza interior es nuestra identidad más firme, nuestra mayor riqueza. El orgullo de tierra fértil, de productos gastronómicos únicos, de unas lenguas que se remontan a tiempos añejos. Los nacionalismos son artísticos, son nuestra cadencia frigia (cadencia andaluza típica en nuestro folklore musical), nuestro ritmo característico de amalgama (como el de la zarabanda, una danza que alterna ritmos binarios y ternarios)...los nacionalismos son todo aquello que podemos ver y escuchar, siendo históricamente característicos a la hora de ser compuestos artísticamente.

No podemos caer en la desgracia de asimilar como algo nacional todo aquello que nos formulan nuestros políticos para creer en ello, para sentirnos parte de un grupo, parte de una manada. No somos lo que votamos, como para ser encima aquello que no votamos...

Ya no somos un amasijo de carne y huesos al servicio de reyes a los que loamos para que nos den su benebolente protección feudal ni saludo divino que nos aliente a seguir produciendo para ellos.

Ahora probablemente seamos números al servicio de reyes peleles que sólo rinden cuentas ante fuerzas mayores que cotizan en la bolsa internacional.

Nuestra cultura más española es la que no se dejó engatusar por esos afrancesados que nos traían una democracia igualitaria e ilustrada, para volver a poner a nuestro rey absolutista, porque nunca hemos dejado de ser borregos agitabanderas.

Nos falta actitud crítica. Nos falta conciencia propia. Los políticos corruptos son sólo el reflejo de lo que somos como sociedad. Una sociedad que se deja hacer, que no toma las riendas de lo que debe responsabilizarse. Vaga en acciones y vacía en valores. Somos los que besamos la mano del que nos azota.

Estamos tan separados que sólo nos preocupamos de lo que nos diferencia, y eso lo saben usar bien algunos políticos necios. Políticos caciques que nos enfrentan con lo que nos separa, con nuestras convicciones más personales, para crear un monstruo social que les sirva de cortina de humo para seguir con sus fechorías, tramas y obras públicas con su amigo el contratista que le pasa un porcentaje.

Nuestra democracia flaquea, quizás porque estaba asentada en arenas movedizas. Sigue habiendo huesos cuando escarbas bajo la alfombra de nuestra sociedad, donde han metido toda la suciedad junta y así poder crear una fachada nueva de sonrisas y banderas.

Nos hacen creer que nuestra identidad es nuestra forma de vida o la vida a la que debemos aspirar. Nuestro “Spanish way of life” que tanto daño nos hace. Sólo crea más y más el prototipo de familia padre-madre con dos hijos y una hipoteca eterna, un trabajo insulso, misa dominical y prostíbulo antes de ir al bar a quejarse de que todo es culpa de otros.

Una sociedad culta debe conocer su historia, amar su literatura propia y fantasear en el entorno natural al ritmo de un instrumento típico y versátil como pueda ser una guitarra a modo de nuestra pequeña orquesta.

Lo que nos define a nivel de nación ha de ser lo inmutable, lo maquiavelesco, lo que nos hace personas dentro de una sociedad. Lo público, lo justo, lo legal dentro de unas leyes mutables que se adaptan a la nueva sociedad que lo demanda. Ni creencias ni pasiones propias. El mínimo común múltiplo de lo que albergamos. Donde no quepan injusticias ni personas que estén por encima de otras, deberíamos ser una sociedad más madura para entender que no existe el derecho a que alguien nazca más que otro a nivel social.

No existe urna escrotal que nos separe más…Por contra, existe un amor del pueblo que es semilla incandescente de lo que somos, fuimos y seremos.

Es ese pueblo español que se junta y se abraza más allá del dinero, del que podemos estar orgullosos. Siendo un pueblo en el que todos iguales salgamos fortalecidos: serenos, alegres, valientes y osados; orgullosos de nuestro país.


AUTOR: Francisco J. Gordo