Memento Mori

En memoria de Santiago Domingo Fraile

 

Nuestra cultura occidental nos ha intoxicado el amor a la vida a base de miedos hacia la muerte. En realidad es sólo miedo a lo desconocido, a lo que imaginamos con pavor, a lo que sospechamos sin prueba alguna.

Durante esta pandemia, han fallecido ya muchas personas, demasiadas. Lo único que tenemos todos claro es que seguirán muriendo más personas. Todos los días. Por el virus y por lo que no es el virus.

Cuán efímera es la vida. Hoy nos quejamos de la juventud social que llena pubs y discotecas. Quizás han entendido mal el concepto de “Carpe Diem”. Donde la cultura adolece, emergen los vicios sin virtudes.

Generalmente se considera que sólo vivimos una vez, y es por ello que debemos aprovechar el tiempo en disfrutar de los placeres de la vida. Quizás sea una estrategia de márketing más para dictar nuestras costumbres de consumo frenético.

Muchas doctrinas religiosas nos han enturbiado con el tiempo los pensamientos filosóficos que han adoptado tales religiones (como el pensamiento estoico que mencionaba en el propio título). Por no hablar de los ritos, festividades, o incluso “aventuras divinas” que se copian unos a otros para abarcar fieles. Véase la típica cena de acción de gracias con una mesa repleta de alimentos con mucha gente al rededor, como si tal gula formase parte de una bacanal basada a su vez en un rito dionisiaco adoptado por el catolicismo para contentar a sus adeptos según venían de otras religiones donde ya se realizaba.

Pues lo mismo ha ocurrido con el concepto en sí de la muerte. Lo curioso es cómo se ha tergiversado para utilizarlo como un control social por el común temor a no encontrar recompensa en la vida siguiente por lo que “pagamos” en esta.

Cada día mueren muchas personas, con nombres y apellidos. Aquél abuelo al que recordarás siempre cuando te llevaba al parque de la mano después del colegio. Aquél abuelo que nunca lo fue, pero que te trató como a otro de sus nietos. Ese padre que estaba ahí para apoyarte mientras crecías y tomabas decisiones. Ese marido que estuvo ahí todos los días aportándote una sonrisa y una anécdota que ilustra su recuerdo en cada momento...Hombres y mujeres, sin límite de edad para haber cumplido consigo mismos y con el resto; ya que la edad es un hecho intangible pero nuestros recuerdos perduran casi como el propio tiempo.

Las nuevas medidas sanitarias nos obligan a una triste nueva anormalidad. Nos reprimen llantos abrazados y consuelos en lágrimas. Sin embargo, no nos alejemos de lo importante. Esa persona que fallece, en el momento de colocarse la última losa sobre él, de haberse introducido en el osario, o de haberse consumido en cenizas...en ese momento, deja de estar justo ahí donde le hemos perdido de vista, y pasa a estar en todas partes.

Con nosotros, en nuestra mente, como nuestra propia sombra. Quizás ya demasiado alargada por haber repetido más veces esta experiencia.

En el domingo de hoy; puedo decir, que por cada Domingo enterrado, nos quedarán cinco más en nuestro porvenir.

Si existiese una vida eterna, sin duda sería en la mente de los que vienen detrás. Apretando fuerte por lo que hicieron los que se fueron. Defendiendo sus valores, edificando nuevas historias, aprendiendo de lo pasado y fomentando el futuro. Recordando al que fue, para mirarse al espejo y ver lo que es y será.

Abandona su frágil cuerpo para entrar en una fase de insustancialidad en la que prevalece al paso del tiempo en nuestra mente.

Porque si de algo hay que estar seguro, es de que nos acercamos cada día a nuestra propia fecha de caducidad corpórea. Cultivemos cada día, para que en el recuerdo de los que nos alberguen mentalmente el día de mañana, germinen buenas historias y ese saber hacer que sólo cada uno de nosotros llega a obtener en cada materia. Aprovecha el momento: Carpe Diem. Pero aprovéchalo con cabeza, porque es justo lo que perdurará cuando tu cuerpo se marchite.

Lo único que es seguro, es que todos moriremos.


AUTOR: Francisco J. Gordo